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amarga

24 de agosto del 2016. Eran casi las 9 de un día frío y lluvioso, como la temporada lo dictaba. Eran las características del día que, en los libros y las películas, ocurren los secuestros. Salimos del edificio y cerramos la puerta inferior, nos dirigíamos a casa, por fin a casa, tan solo 5 minutos de donde nos encontrábamos, tal vez menos. Éramos mi mamá y yo, sólo nosotras. Empezamos a caminar, y no bastaron más de 10 pasos para que lo sintiéramos. En cuanto nos percatamos, nos invadió el cuerpo completo un cosquilleo de miedo e inseguridad. Era una intensa mirada, completamente fija en nosotras. Mi mamá y yo lo veíamos, y él nos veía a nosotras. Era un hombre alto y delgado, con tez morena clara y vestía un pantalón de mezclilla azul, una chamarra verde oscura, unas botas negras y un gorro multicolor.

No pude evitar tomar el brazo de mi mamá y ella el mío. Teníamos miedo, él evadió nuestra mirada, se dio la vuelta y siguió caminando en la misma dirección a la que nosotras nos dirigíamos. Cruzamos al lado contrario de la calle en la que estábamos, quizá para alejarnos de él y sentirnos un poco más protegidas, pero no fue así, el miedo y la inseguridad no desaparecieron. Mi mamá y yo sentíamos tanto miedo que aun en la calle, volteando hacia todos lados buscándolo, ella me dijo:

— Si algún día tú y yo estamos en alguna situación de peligro, una de las dos tiene que ponerse a salvo, correr y pedir ayuda, y eres tú quien tiene que estar a salvo.

Unos pasos más y estaríamos en casa. Se empezaba a sentir como una batalla ganada. Bajamos la banqueta, agarradas de la mano, mi mamá dio un paso y cayó de rodillas al piso, lanzó un sollozo de dolor y miedo combinado, ambas volteamos.

Era él, mi madre intentó darle un golpe con el paraguas, no lo logró. Yo sabía bien lo que tenía que hacer, ella me lo había dicho, tenía que correr, pero nunca fui capaz de dejar sola a mi mamá.

Me quedé parada, como si estuviera congelada y comencé a gritar pidiendo ayuda. Dos carros que iban cruzando la calle se percataron de la situación y se detuvieron. 

Él escapó, así como todos lo hacen; lo único que yo pude ver fue su gorro multicolor que se cayó mientras subía las escaleras corriendo.

Mi mamá quedó tirada en el piso, con el vestido partido a la mitad, sus piernas con moretones, sus rodillas con heridas y un miedo que no desaparecerá.

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