A 21 años de su debut como director cinematográfico con el largometraje Intermission (2003), protagonizado por Colin Farrell (ganador del Globo de Oro) y Cillian Murphy (ganador del Oscar), el irlandés John Crowley entregó en 2024 una pieza narrativa que muestra su madurez profesional, equiparable a la alcanzada por sus ahora renombrados colaboradores.
We live in time (El tiempo que tenemos) cuenta la vida de Almut (Florence Pugh) y Tobias (Andrew Garfield), una pareja reunida bajo circunstancias de inverosimilitud digna de la vida real.
Desde su primera pelea, ya involucrados en una relación sexo-afectiva (primera previo a la segunda), hasta el nacimiento de su hija en el baño de una tienda de conveniencia, la película explora los momentos más importantes en el desarrollo de su convergencia.
La premisa, explotada hasta el cansancio, al punto de derivar en una fórmula resistente al tiempo y a la reiteración, es replanteada mediante un recurso comúnmente (y por el bien del cine, preferentemente), pasado por alto: el montaje.
La historia parte de una estructura no lineal, forzosamente plasmada previamente en el guion de Nick Payne, pero la mano de Justine Wright la dota de cohesión visual y, en consecuencia, cinematográfica.
Si hiciéramos un intento de narrar nuestra propia vida, solo ciertos momentos llegarían al corte final y conoceríamos de antemano el desenlace, dependiendo desde qué punto de nuestra existencia la estuviéramos contando.
Así, con un pronto planteamiento del posible resultado de la historia, combinado con los saltos temporales, terminan por dotar su narrativa con nostalgia propia de la retrospectiva.
A ratos, la película tropieza con fórmulas hollywoodenses, como la propuesta de matrimonio y consecuente planeación de una boda que, bajo las circunstancias retratadas, fácilmente serían reducidos a mero trámite social o sentimental.
De igual manera, los fundamentos de la última discusión en la película tienden a la torpeza, en particular, en los motivos y argumentos esgrimidos por el personaje de Garfield.
El desenlace es el mejor acierto del filme. Al evadir la tragedia o el melodrama, presenta en su lugar una reflexión simbólica de sobriedad gratificante, donde nuestro rastro por el mundo puede ser más humilde que nuestros mayores logros, pero mucho más significativo y duradero en aquellos que nos recuerdan, en algo tan simple como la mejor forma de quebrar un huevo.