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El cuidado de sí para relacionarnos con los demás

Es fundamental comprender las diferencias para generar puentes

El cuidado de sí para relacionarnos con los demás
Es fundamental comprender las diferencias para generar puentes

La educación para el cuidado de sí mismo implica necesariamente nuestra relación con los demás. Esta es una de las mayores objeciones al solipsismo cartesiano durante todo el siglo XX.

Esta condición no sólo abarca aspectos éticos, sino también epistemológicos como la construcción del conocimiento por medio de la intersubjetividad y la construcción de la objetividad gracias a la colaboración de las comunidades epistémicas, incluso multi, inter y transdisciplinarias.

Desde un punto de vista ético, la multicitada metáfora de Merleau-Ponty: “mirándote me miro”, es reconocida como una forma de entender que nuestras emociones y pensamientos implican una interacción con los demás y con nosotros mismos.

No en vano, Iris Murdoch miraba, con atención y paciencia, nuestras relaciones con los otros para reconocer que aquello que hacemos a los demás, también lo hacemos a nosotros mismos. Si actuamos de forma odiosa o amorosa hacia los demás, también lo hacemos hacia nosotros mismos.

Para algunas personas puede resultar incomprensible por qué Aristóteles valoraba las virtudes individuales sin el interés de satisfacer una necesidad narcisista de reconocimiento y admiración, sino como un valor político en una sociedad comunitaria que unía ética y política.

Hay muchos caminos para la educación ética. Me parece que la pluralidad y la diversidad de teorías contribuyen en algunos aspectos para la formación integral del estudiantado, aunque bien puede ser cierto que ninguna teoría, por sí misma, resuelve todos los problemas éticos y tienen distintas aplicaciones prácticas, por ejemplo, los principios de “Igual consideración de intereses” y la “Acción afirmativa” de Peter Singer contribuyen a reflexionar sobre las repercusiones de nuestras acciones hacia los demás y viceversa.

Asimismo, son principios valiosos que nos invitan a reflexionar sobre la gradación de nuestra condición sexista, clasista, racista y especista.

Desafortunadamente, podemos observar una tendencia global a vivir en sociedades polarizadas. Como ejemplo, reconocemos en distintas redes sociales el uso de adjetivos que alimentan el discurso de odio y la falta de comprensión mutua.

El discurso antinmigrante, la descalificación de la igualdad de género y el respeto a las diversidades sexo-genéricas son signos de sociedades que están más dispuestas a la autocomplacencia y a la búsqueda de confirmación de sus sesgos cognitivos y prejuicios, mismos que imposibilitan comprender la otredad y ser empáticos.

Los casos que analiza Singer están vinculados con la sociedad estadounidense y el problema histórico de discriminación racial. Sin embargo, pensar en el contexto mexicano, sobre estos temas, nos ayuda a mirar nuestra falta de comprensión de nosotros mismos.

Parece mentira que, a poco más de 90 años de la publicación del Perfil del hombre y la cultura en México, del filósofo Samuel Ramos, se sigan reproduciendo culturalmente —en redes sociales y en distintos comportamientos— emociones, acciones y discursos con una tendencia racista, clasista y sexista.

Algunas personas reproducen la tendencia a verse a sí mismos como un país colonizado y tienen la falsa expectativa de que “desde fuera” se resolverán los problemas de nuestra democracia, algo que Samuel Ramos ya había identificado en 1934.

Me parece imprescindible pensar el presente y recuperar la tradición del ensayo y la filosofía mexicana, desde la original reflexión de Samuel Ramos, la visión de Octavio Paz, hasta las teorías de Luis Villoro.

Algo muy importante que detectó con claridad Villoro fue que nuestra sociedad no está dividida o polarizada por aspectos solo ideológicos, sino por una errónea racialización de las diferencias culturales que no hemos terminado por asimilar.

Quizás los conceptos del México profundo y el México imaginario de Guillermo Bonfil Batalla ayuden a comprender nuestras diferencias y dimensionar los límites, equívocos y confusiones del indigenismo proveniente del México imaginario.

Se trata de problemas no resueltos porque se ha dejado de mirar el dolor del desarraigo social y cultural de las migraciones rurales hacia las zonas urbanas u otros países; desconocemos sus formas de vida, cosmovisiones, su lengua y la importancia de sus tradiciones.

Por supuesto, hay tensiones, desacuerdos y diferencias, pero tal vez un primer paso consista en reconocer que los pueblos originarios “tienen voz propia” y necesitamos ser escuchados mutuamente. 

*Profesor del plantel Sur.

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