No es casual que, desde la antigua Grecia, la belleza estuviera encarnada en el cuerpo de los humanos y, de manera paulatina, se extendiera a las cosas de la naturaleza y del pensamiento, en especial a las creadas por el mismo humano.
De aquí se desprende el que la belleza suscite tranquilidad y sosiego a quien la enfrenta; pero no siempre es así: la belleza provoca, en algunos, un terror que los conduce no sólo a huir de ella, sino a actuar para destruirla.
¿Por qué sucede esto? Este fenómeno, que pasaba por ser excepcional, ha adquirido una presencia que le hace ocupar un puesto de normalidad en ciudades como la nuestra, pues se observa desde las pintas y grafitis en monumentos y obras públicas, hasta en la destrucción de cualquier propuesta que inspire el sentimiento de obra nueva o concluida, como un vagón del Metro nuevo o una simple barda bien pintada.
La primera acción es una de ocultamiento, y la segunda es de devastación y abrir el cauce a las ruinas; sin embargo, los dos tipos de acción fracasan y ocurre que en cuanto más se destruyen los objetos de la belleza, más se expresa su cara de terror, suponiendo que hay una apariencia de algo que no se sabe qué es, pero que amenaza la existencia y el ser del sujeto.
La angustia en algunos sujetos
Suponemos que en la fealdad no hay artificios que enmascaren nada: lo feo lo es porque no hay encantamiento; es repulsivo en sí y, por lo tanto no miente. En cambio, damos por supuesto que la belleza lleva algo detrás de sí que permanece oculto a través de velos y máscaras, y no es que realmente la belleza provoque miedo, es lo velado lo que despierta el terror, pues el sujeto aterrorizado supone una presencia oculta que lo coloca en angustia.
Que la belleza provoque angustia en algunos sujetos, sugiere que en ellos se actualiza un resto de odio que anima al acto de destrucción como una defensa ante lo que representa la perfección y la totalidad de la que se ha sido expulsado.
Y si lo que está detrás de la belleza y amenaza con presentarse está completo, como la imagen del cuerpo de los humanos, y el sujeto está afuera, puede interpretarse que él no comparte esa totalidad, y tiende a estar fragmentado.
La angustia aparece cuando el sujeto se coloca frente a una manifestación de algo que se sabe está ahí detrás y no se sabe qué es, pero amenaza con su perfección y su totalidad la existencia del sujeto que se perfila incompleto: algo que tampoco sabe qué le falta: hay un vacío que se le hace patente.
El horror a la belleza bien puede entenderse como aquello que funda un acto de defensa ante la angustia que es efecto del descubrimiento de una ausencia que no puede ser expresada, porque se escapa al lenguaje. Sin embargo, no escapa a la vivencia, es la vivencia inexplicable de un dulce horror ante el vacío, como diría el filósofo anglo-irlandés Edmund Burke (1729–1797).
El horror a la belleza no surge sin causa, sólo actualiza un tema olvidado por el sujeto y lo pone al día, todo ello sin saberlo, pero en actitud de destruir lo que esa belleza esconde: hay que suprimirla para que no provoque ese dulce terror.
Lo que la actualización suscita, no obstante, es una nueva oleada de angustia que es intolerable para el sujeto, que intenta disiparla con su disolución a través de la destrucción.
Si lo intolerable es con la angustia la vivencia en el sujeto de un vacío que no tiene la belleza en tanto ésta es completa, se da un fenómeno donde la torsión de pensamientos y afectos da evidencia de que aquello que establecieron las brujas de Macbeth ha dejado de ser una fórmula, para convertirse en una sentencia: lo feo es bello, lo bello es feo.
Y lo feo tranquiliza porque en su imperfección contiene al vacío que entonces ya no está en el sujeto.
* Doctor en Psicoanálisis y académico en la Coordinación de Universidad Abierta y Educación Digital (CUAED) de la UNAM.
