“La obra tiene alegría. Para mí es un privilegio y un regalo”, dice el compositor canadiense Tim Hecker sobre Wastelands, la nueva pieza que creó durante una residencia de una semana en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) en la UNAM.
La instalación sonora, comisionada para el Espacio de Experimentación Sonora del museo y disponible hasta el 27 de septiembre de 2026, sintetiza más de 25 años de trayectoria y marca un nuevo giro en su exploración del ambiente y el noise.
Esta obra nació a partir de varias grabaciones de campo realizadas en los márgenes ecológicos de Estados Unidos: el desierto de Mojave, las inmediaciones de Joshua Tree y los Everglades de Florida. Hecker se interesó no en paisajes intactos, sino en territorios híbridos donde la naturaleza convive con los residuos de la civilización.
“Me interesa grabar cosas que no son puras: coyotes salvajes al atardecer compitiendo con los perros de un laboratorio de metanfetaminas en el desierto”, explica. Esa tensión entre lo natural y lo humano distingue a Wastelands de la tradición más ortodoxa de la grabación de campo, generalmente asociada con la documentación de ecosistemas amenazados y una retórica de pérdida climática.
En cambio, Tim Hecker apunta sus micrófonos hacia las “interzonas”, es decir, en los lugares ambiguos donde sobreviven los animales salvajes, pero también carreteras, casas y parques urbanos. El resultado es una atmósfera simultáneamente melancólica y ominosa, una especie de cartografía acústica del borde contemporáneo.
La carrera de Hecker ha cambiado de manera considerable desde sus primeros trabajos bajo el alias Jetone, orientados hacia una electrónica cercana al techno y al IDM. A partir de discos como Haunt Me (2001), Ravedeath, 1972 (2011) y Konoyo (2018), desarrolló una obra centrada en texturas, armónicos y distorsiones ambientales. Wastelands profundiza esa búsqueda: convierte el choque entre paisaje y ruina humana en un ambient suspendido entre contemplación y desasosiego.
La pieza también fue moldeada por el propio espacio del museo. Hecker llegó con materiales previos, pero terminó improvisando y componiendo nuevas secciones durante la residencia. “Todavía estoy tratando de resolver si esto es una composición o una grabación de campo”, admite. El artista escuchó la acústica de la sala y reconfiguró el material en diálogo con ella, como si el museo hubiera escrito parte de la partitura.
Música inédita para la instalación
Guillermo García Pérez, coordinador del Espacio de Experimentación Sonora, destaca que el proceso fue especialmente generoso porque Hecker creó música inédita específicamente para la instalación. El coordinador subraya que las comisiones del espacio funcionan más como intercambios creativos que como encargos institucionales.
Hecker, por su parte, celebra que el proyecto no esté dirigido únicamente a especialistas en arte sonoro. “Me interesan no los conocedores del sound art, sino la persona promedio que llega caminando desde las salas de pintura”, afirma. Esa apertura hacia un público amplio coincide con la filosofía del espacio: convertir la escucha en una experiencia accesible, física y emocional.
La instalación, de treinta minutos en loop multicanal, no ofrece respuestas cerradas sobre la crisis ecológica o el agotamiento contemporáneo. Más bien sostiene la inquietud, como un eco persistente entre ruinas, coyotes y concreto.
