“¿En qué se parece el fútbol a Dios?
En la devoción que le tienen muchos creyentes
y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”.
Eduardo Galeano
Para cuando leas esto, la Copa Mundial de la FIFA 2026 habrá concluido y tendrá campeón de la vigésima tercera edición. Quedarán para la historia nuevos récords por goles anotados o el de México como único país en albergar tres ediciones de la copa. Atesoraremos una cantidad enorme de emociones casi místicas movidas por este deporte que, como dice Galeano, genera una devoción casi religiosa en millones de personas.
Y esto último no es para menos. Al respecto, el filósofo Johan Huizinga plantea que el juego es “una categoría vital absolutamente primaria”, anterior incluso a la cultura y constitutivo del ser humano, de ahí que nos defina como homo ludens (seres que juegan).
En el juego tiene lugar una realidad alterna que suspende momentáneamente la realidad ordinaria, hecho que también sucede en los rituales religiosos. El juego es un momento donde se representa una forma de convivencia humana mediada por la imaginación, la creatividad, la diversión, la belleza y la libertad. Por ello, dice Huizinga, los lugares del juego como los estadios, las mesas de juego o los escenarios son “mundos temporarios dentro del mundo habitual”.
Sin embargo, a pesar de que el juego de futbol supone un momento de superposición temporal a la vida corriente, como fenómeno humano y cultural es tan importante que no está exento de fuertes nexos con la realidad en la que surge.
Muchos desean que el fútbol se mantenga al margen de la política. Sin embargo, es imposible que un fenómeno que ocupa un lugar central en la vida de millones de personas se blinde de la realidad en la que sucede. Sobre todo porque, como planteó Aristóteles, algo natural e irrenunciable en el ser humano es su dimensión sociopolítica, por ello nos definió como un zoon politikón (animal político).
Jugar un deporte e involucrarse en actividades de organización política son dos elementos constitutivos del ser humano y gracias a ellos la humanidad ha logrado cierto grado de desarrollo y bienestar.
Ánimos festivos y de indignación
Por ello, en eventos deportivos de escala global no solamente afloran ánimos festivos sino también de indignación y movilización. Esta edición estuvo marcada por protestas de grupos sociales que históricamente han tenido que recurrir a la plaza pública para ser escuchados. Entre las principales demandas tuvimos la denuncia de madres buscadoras de 133 mil personas desaparecidas en México; mejoras en las condiciones de jubilación de las y los maestros; el despojo y desplazamiento de habitantes originarios de las ciudades por la gentrificación; la privatización de recursos naturales y manifestaciones solidarias con el pueblo de Palestina, entre otros.
A pesar de que Gianni Infantino, presidente de la FIFA, o los gobiernos de países que reciben estos eventos sostengan que el deporte debe ser neutral en política, el hecho es que ni ellos ni la sociedad están dispuestos a renunciar a sus intereses políticos. Si Infantino inventó un Premio de la Paz de la FIFA para Donald Trump y el gobierno de México exentó impuestos a la FIFA y corporaciones privadas organizadoras en lugar de que pasaran al herario público, entonces su actuar es político y tiene consecuencias políticas.
Siendo así, los movimientos sociales tienen todo el derecho de indignarse, de ocupar las calles y de denunciar los problemas que padecemos aprovechando la exposición mediática internacional de un evento deportivo.
El Mundial nos demuestra una vez más que el juego y la política se entrelazan, pues el ser humano que juega y se divierte como homo ludens, también delibera, se organiza y protesta como zoon politikon.
*Profesor del plantel Sur
Referencias:
Galeano, E. (1995). El fútbol a sol y sombra, Siglo XXI Editores.
Huizinga, J. (1972). Homo ludens, Alianza Editorial.
