La ideología incel (celibato involuntario) ha sido objeto de creciente atención académica en el marco de los estudios sobre la manósfera y las masculinidades contemporáneas.
Una parte significativa de estos estudios presenta interpretaciones conceptualmente problemáticas, en particular, en lo relativo al uso del concepto de masculinidad hegemónica.
El propósito de este artículo es mostrar algunos equívocos, tomando como eje crítico los señalamientos recientes de Stu Lucy (2024), y proponer que la ideología incel no constituye una reacción contra la masculinidad hegemónica, sino una forma paradójica de adhesión frustrada al orden patriarcal.
Raewyn Connell (2015) define la masculinidad hegemónica como “la configuración de la práctica de género que incorpora la respuesta aceptada, en un momento específico, al problema de la legitimidad del patriarcado” (p. 112).
Se trata de una forma de masculinidad que garantiza —o pretende garantizar— la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres mediante su articulación con el poder político, económico, social y cultural.
Para Connell, la hegemonía sólo se establece cuando existe una correspondencia entre el ideal cultural y el poder institucional, cuya característica principal es el éxito en reclamar autoridad legítima.
James Messerschmidt (2018) insiste en que cualquier reformulación del concepto debe preservar su carácter relacional y, sobre todo, su función legitimadora.
La masculinidad hegemónica no se reduce a una relación de dominación directa, sino que opera como un patrón cultural que legitima las desigualdades de género y las presenta como naturales o deseables.
Dominación
Stu Lucy (2024) sostiene que algunas investigaciones empíricas sobre masculinidades alfa e incels incurren en una aplicación deficiente del concepto de masculinidad hegemónica, al omitir sus dimensiones legitimadoras y relacionales. Ni la ideología incel ni las llamadas masculinidades alfa pueden considerarse hegemónicas.
El ámbito de acción de los incels suele limitarse a espacios cerrados de la manósfera, sin capacidad real de incidencia institucional o cultural amplia. Por su parte, los hombres alfa —definidos principalmente por su éxito sexual o romántico— no garantizan una posición de hegemonía social, sino que reproducen normas patriarcales ya existentes sin ejercer liderazgo estructural.
Me parece que para comprender la lógica interna de la ideología incel resulta más pertinente recurrir a la teoría de la dominación masculina de Pierre Bourdieu (2019). El autor describe que los hombres alfa funcionan como depositarios de capital simbólico, mientras que las mujeres aparecen como objetos que contribuyen a su reproducción.
Bourdieu (2019) señala que las mujeres operan como símbolos cuyo sentido se constituye al margen de ellas, reforzando el capital masculino.
Así, la ideología incel se caracteriza por una ironía central: desprecia a los hombres alfa mientras defiende la estructura patriarcal, y por eso Lindsay (2021) subraya que los incels, pese a su resentimiento, desean encarnar una masculinidad que no pueden alcanzar. Su frustración se traduce en violencia simbólica y, en algunos casos, física contra mujeres y contra los hombres alfa que los excluyen.
En suma, el uso indiscriminado del concepto de masculinidad hegemónica oscurece esta dinámica y dificulta una comprensión adecuada de la violencia de género asociada al fenómeno incel. Me parece que la teoría de la dominación masculina ofrece, en cambio, un marco más sólido para analizar estas prácticas y sus efectos sociales.
*Profesor del plantel Sur
